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¿Por qué no se debería intervenir la fachada de la Casa de la Cultura Sixto Arango Gallo?

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Actualizado: hace 3 días


Como algunos ya lo saben, se está proponiendo un proyecto de estética urbana que planea “diseñar y ejecutar una intervención museográfica en el espacio público cuyo propósito es transformar dos ejes urbanos – la Calle de la Cultura y la Calle de la Alfarería (la carrera 31 desde la calle 30 hasta la calle 27 y la calle 28 desde la carrera 30 hasta la carrera 31) – en un recorrido interpretativo que articule memoria, identidad, territorio y prácticas culturales contemporáneas.” Sumado a esto tenemos que: “la intervención contempla el tratamiento de la fachada del Instituto mediante azulejería cerámica. Esta acción no busca ocultar ni alterar el carácter patrimonial de la edificación, sino reforzar su condición simbólica como espacio de formación, encuentro y producción cultural, integrando la cerámica como lenguaje visual y material.”


Lo que aquí queremos es argumentar por qué desde nuestro punto de vista la intervención planteada por el Grupo Arca y sustentada por la fundación Kantay en su documento “Narrativa Calle de la Cultura y la Alfarería: guion museológico, memoria histórica, identidad y tradición ceramista” sí representa para nosotros una grave alteración de los valores patrimoniales de la Casa de la Cultura Sixto Arango Gallo.


Se tienen registros de que la Casa de la Cultura, tal y como la conocemos hoy – y que solo difiere en algunos colores y de la localización de una de sus puertas principales – fue construida en los años 40, década que hizo parte de una ola de construcciones republicanas aún con gran influencia de la arquitectura colonial muy tradicional en esta región pero que hicieron parte de un estilo arquitectónico marcado por la disolución de la Gran Colombia. 


La Casa de la Cultura se encuentra registrada como Bien de Interés Cultural (BIC) [1] del ámbito municipal en el Plan Básico de Ordenamiento Territorial (PBOT) y por lo tanto queda cobijada por el Régimen Especial de Protección (REP) donde se dan las bases y los niveles permitidos de intervención de los BIC. Teniendo en cuenta que un inmueble como este, por su excepcional significación cultural es irremplazable, la ley permite intervenciones o adecuaciones siempre y cuando se mantenga la autenticidad de su estructura espacial, técnica constructiva y materialidad. El estilo republicano, muy evidente en esta edificación, combina la elegancia con la sencillez, con fachadas simétricas y de diseño equilibrado, uso de colores claros, presencia de columnas rectangulares con inspiración neoclásica pero aplicadas de manera sobria.


Es necesario preguntarse, qué está sucediendo con todas esas intervenciones que van barriendo con todo aquello que de “caduco” encuentran a su paso: la vieja cultura con sus fachadas. Para defender al menos una pequeña porción del alud inmisericorde que todo se lo lleva, nos sale del alma decir: ¡un momento! Que hay algo en esta Casa que es indispensable, esa que ha sabido representarlo todo de forma intemporal, que merece por mucho tiempo ser vista así, como es ahora y como fue alguna vez. 


Para todos es muy sabido que este inmueble ha cumplido en diferentes momentos un importante papel en la educación y la cultura, especialmente por su imponente, clásica y hermosa arquitectura. Además, cumple con diferentes características que la dotan de un valor insustituible y permanente: su historia, reflejada en el testimonio vivo de su arquitectura y fuente viva de reconstrucción de historia local; su estética, con una materialidad original representada en texturas y acabados; y su valor simbólico, que vincula representaciones arquitectónicas con espacios de memoria, que condensa los significados de la identidad de una comunidad.


Sin embargo, estamos ahora atravesando una divergencia en las formas en las cuales gestionamos y conservamos nuestro patrimonio, una que se aferra a la preservación de elementos sutiles pero contundentes del gran ingenio, creatividad y destreza de nuestros pobladores y otros abiertamente en pugna con estos elementos y proponiendo una idea más moderna que encaje con las nuevas propuestas de transformación territorial basados en la estética urbana. Hay elementos en esta edificación, "código de señales" que sirve para recordar quiénes somos, mencionados previamente, que le otorgan el valor suficiente para ser considerado como un documento histórico e intervenirlo con azulejos, aunque se presente como una propuesta de “lenguaje visual” altera la constitución física y la forma del bien, violando el principio de conservación de la imagen original y por lo tanto transformando e incluso desvirtuando radicalmente su función como referente de identidad colectiva para las futuras generaciones. Intervenirla sin un acuerdo social profundo es ignorar que el patrimonio es una construcción social que pertenece a la comunidad y no solo una decisión técnica o museográfica.


 La Casa de la Cultura no es solo un objeto estético, sino un testimonio del ingenio y trabajo de los pobladores campesinos de mediados del siglo XX. Los estilos arquitectónicos, estéticos e incluso simbólicos cambian todo el tiempo, con las épocas y los ciudadanos. Nosotros mismos como carmelitanos hemos cambiado, ya sea sobre nuestra concepción del mundo o sobre todas las proyecciones que las nuevas visiones implican en los diferentes campos de la vida. Basta ver las nuevas dinámicas arquitectónicas que con cada vez más frecuencia estorban a la vista para encontrarnos con otras sensibilidades y porque no, con otro mundo. Pero hay que profundizar un poco más en las razones por las cuales tratamos de conservar ciertas cosas tal cual son sin imponer nuestros propios y cambiantes estilos.

 

Dejando de lado discusiones sobre quién tiene mejores criterios estéticos y arquitectónicos para declarar la relevancia de un lugar, apelemos a estos lugares como acontecimientos históricos de honda relevancia, tan decisivos que a su luz una época pueda adquirir un significado capaz incluso de relucir por sí mismo, sin necesidad de otro tipo de consideraciones. 


Mencionamos que esta arquitectura republicana fue la representación estética – consciente o inconsciente – que deja atrás el pasado y anuncia, todo lo por venir. Como lo dijo Carlos Jiménez Gómez “nada extraño tiene, pues, que esta generación (la de los años 30 y posteriores) merezca ser llamada la de la gran ruptura, a la cual la historia confió la tarea de representar y expresar aquella transición que, como un puente sobre un lago de lágrimas y sangre, todavía no acaba de llevarnos de la Colombia rural al siglo XXI”


Vale la pena preguntarnos, por ejemplo, por qué la arquitectura y por ende la estética de esta construcción se vuelve de particular relevancia – sin proponérselo – en un debate general por la orientación del patrimonio y porque no, de la cultura de nuestro municipio. No queremos estar aquí del lado de la conservación de una fachada solo por nostalgia, tras el anhelo de su pureza y congelamiento en el tiempo, pero si es hora por fin, de tener un verdadero debate estético patrimonial, abriendo de paso el camino a otros muy heterogéneos órdenes de preocupaciones. Estamos hablando de una estructura irremplazable, además de la necesidad de que su intervención cuente con los instrumentos técnicos y sociales para garantizar la sostenibilidad y autenticidad del inmueble.


Es posible que no se comprendan bien los procedimientos patrimoniales. No se trata de pedir a los lugares y objetos considerados patrimoniales sostenerse tal cual son sin la transformación de los hombres y las épocas, pero si se trata de ligar su paso a la historia de un poblado y definir qué es aquello que quisiéramos seguir viendo en ellos para entendernos a través de los que cimentaron lo que hoy es el municipio y lo que somos. 


La Casa de la Cultura, es casi la única edificación que aún conserva el corte estético de esa década de los años 40 tan trascendental en la vida de los antioqueños, de ahí seguramente que su perfil sea más personal. Los demás inmuebles de nuestro municipio, todos ellos con una belleza muy característica, solo tienen pequeños reflejos, algo confusos, de aquello que todavía tiene permanencia y es tan vivo en La Casa de la Cultura. El mundo está cambiando, cualitativa y radicalmente y es obvio que El Carmen de Viboral no puede sustraerse a ese proceso, pero ¿hasta dónde llevaremos ese desafío? Y así mismo ¿Qué cosas cambiar? ¿qué conservar? Las intervenciones sobre BICs se deben basar en principios técnicos y sociales de restauración para su protección y conservación, su mantenimiento vela por la preservación de sus valores, no por alterarlos. Suscribiéndonos a estos principios de mínima intervención, las acciones que sobre esta se realicen deben ser las estrictamente necesarias para su estabilidad y por lo tanto la colocación de azulejería no corresponde a una necesidad de saneamiento, sino a una “estética urbana” ajena, la cual, no solo pone en riesgo la "integridad histórica” del inmueble, sino que también contraviene estos principios ¿en qué pueden correlacionarse los azulejos con la mampostería cocida maciza que combina texturas en tramos pintada y repicada en las columnas? ¿cómo actualizar sin desarraigar?


Nos enfrentamos ahora al dilema de: vernos al espejo tal cual somos o continuar con las corrientes artísticas de vanguardia que, si bien tienen unos sustentos literarios y retóricos radiantes, ponen en tela de juicio los fundamentos de la vieja edificación, pensando que su valor solo se puede renovar si plasmamos en ella toda una nueva “estética de la cultura”. Esta nueva propuesta parece más volcada hacia la internacionalización y turistificación de un pueblo que hacia la vivencia de nuestra identidad y hacia la reivindicación de los ideales originarios, porque a veces, dejar tal cual son estos ejemplos de estética transicional, es también representar nuestra identidad. 


Esta edificación es importante no sólo porque refleja las mejores virtudes de una cultura y una época, sino porque también muestra sus grandes limitaciones, proteger el inmueble es también preservar su contexto histórico. Así como queremos transformarlo todo para que se vea mejor, más bonito, más “estético”, ocultaremos con esto también las huellas de una generación, reduciendo todo a conceptos abstractos y complicados. Se ha impuesto un modelo de ciudad que ha borrado fragmentos de historia en aras del embellecimiento escenográfico. Es así como se puede ir hundiendo en la sombra la importante huella que un lugar como estos representa para un pueblo, si permitimos que la fachada sea intervenida en este momento ¿Qué nos puede detener para que posteriormente lo volvamos a hacer? ¿Una intervención sobre su fachada no empezará a desdibujar la imagen que de ella tenemos? Deberíamos abstenernos de alterar los elementos de este inmueble porque aún no hemos hecho una valoración crítica que demuestre que dichos cambios no degradarán su valor cultural, porque, antes que nada, el patrimonio es una construcción social que pertenece a la comunidad y, por lo tanto, cualquier cambio radical en su fisionomía requiere de procesos participativos, mesas de trabajo, asambleas culturales donde la comunidad valide las medidas. Sin este consenso, la intervención carece de legitimidad social y puede interpretarse como una "banalización" o "folclorización" del patrimonio para fines comerciales o turísticos.


Es con un mundo diferente con el que la nueva propuesta estética ha hecho su alianza: una Casa que ya poco podría representar a la población pobre, humilde y campesina que la construyó. La intervención planteada se acerca más al riesgo de "fachadismo", un fenómeno identificado como una amenaza que conduce al deterioro acelerado de los valores de los edificios patrimoniales por priorizar lo visual sobre la integridad del bien. Aunque reconocemos que el documento señalado como guion museológico realizado por la fundación Kantay como sustento a esta intervención realiza toda una apología de la cultura y tradición municipal y que su enfoque tiene el objetivo de plasmarlo en los azulejos, creemos que si hacemos esto sobre la fachada de La Casa de la Cultura se corre el riesgo de descontextualizar el bien de su propósito original y de la memoria urbana de El Carmen de Viboral. Si se permite esta alteración, se abre la puerta para que futuras generaciones sigan desdibujando la imagen del pueblo bajo criterios puramente ornamentales y no patrimoniales.


Con los progresos del mundo moderno se ha marchitado un poco el discurso tradicional de las emociones. Han ido aumentando la capacidad y el amor por el pensamiento retórico y abstracto. Vivimos en otro mundo, incesantemente bombardeados por información y estéticas modernas y llamativas, tanto que lo que algunos ven en La Casa ya incluso no les dice nada y hay tanta apertura al mundo de afuera que ésta ya no es capaz de interpretar su universo. Y al paso que dejamos atrás los viejos sentimientos, buscamos maneras siempre nuevas de expresar los temas eternos: las tradiciones, la identidad, lo que nos representa. Al ritmo de estas innovaciones corremos el riesgo de borrarlo todo de un plumazo, arriesgándonos a convertirlo todo en mera historia lejana, inaccesible. Pero el patrimonio no se opone a la transformación, sin embargo, se priva de mucho quien pretenda cerrar los ojos al pasado. Hay que saborearlo todo, porque es enormemente placentero estar abierto a las nuevas estéticas, pero sigue siendo muy grato volver a esos lugares que nos recuerdan la historia, sin olvidar que son testimonio de la vida y del trabajo de un poblado en un determinado espacio y tiempo históricos.


A la luz de estas problemáticas actuales, reiteramos, como ya lo hemos hecho en varias ocasiones, la necesidad de que se realice y se apruebe un Plan Especial de Manejo y Protección (PEMP) que sirva de herramienta y de norma, que esclarezca los instrumentos y procedimientos -estudio de valoración detallado (estudio histórico, técnico y social)- para garantizar la sostenibilidad integral de estos inmuebles y velar por su autenticidad y apropiación.


Es importante reconocer que el valor histórico del Centro de Histórico de El Carmen de Viboral no solo se refiere en la implantación a damero “fundacional”, sino también en su implantación a nivel geográfico en relación con los elementos naturales, determinantes de su morfología urbana, su arquitectura, su espacio público con su plaza, plazoletas, calles, mercados y pasajes que testimonian su origen cambiante. 


Intervenciones como la Calle de la Cultura y la Calle de la Alfarería  deben ser un ejercicio de apropiación social propuesto para dinamizar las economías locales y promover el turismo cultural sostenible claramente, pero también debe ser una iniciativa que establezca el diálogo y armonización con el patrimonio local ya reconocido. No puede ser una imposición institucional y mucho menos un embellecimiento cosmético que oculte nuestra memoria bajo argumentos y conceptos decorativos, por encima del respeto por el testimonio físico de nuestra identidad.


Cada generación tiene el derecho de plasmar sus propias vivencias, sus propias percepciones y es cierto que no tenemos menos derecho que las anteriores, pero esta generación ha arrancado queriendo, vanamente, cambiarlo todo, como si no quisiera perder su venida al mundo, pero es preciso recordar que, si el municipio tiene una identidad y aspira a conservarla, debe empezar por reconocer que no todo puede ser transformado, que hay cosas que deben permanecer tal cual son.

[1] Dentro de la categoría del patrimonio cultural se encuentran aquellos bienes que por contar con algunos o todos de los criterios y valores señalados en el Decreto 1080 de 2015 se consideran Bienes de Interés Cultural [BIC]. Y por esta declaratoria están sometidos al régimen especial de protección establecido en el artículo 11 de la Ley 397 de 1997 (modificado por el artículo 7 de la Ley 1185 de 2008). Régimen que comprende la formulación de un Plan Especial de Manejo y Protección (en adelante PEMP) cuando se requiera; intervenciones en los BIC, colindantes y zona de Influencia, exportación para el caso de los BIC muebles y enajenación. a falta de un PEMP (Plan Especial de Manejo y Protección) para el Centro Histórico, la fachada corre el riesgo de ser intervenida sin una visión de conjunto que considere los valores de integridad y autenticidad.


Vigías del patrimonio de El Carmen de Viboral

Grupo de Estudio Centro de Historia


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